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Recordando el arduo viaje de una niña en camino a la frontera

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WASHINGTON — Bessy Jovel respira profundamente, y a veces traga suavemente al hablar sobre el viaje de casi 2,000 millas que hizo cuando tenía 8 años desde su país de origen de El Salvador a la frontera entre Estados Unidos y México hace casi 30 años.

"Es un poquito difícil hablar de esto", dijo Jovel, ahora una profesional en sus 30s que trabaja en los círculos de organizaciones relacionadas con la Iglesia Católica en El Salvador.

En aquel momento, en 1990, ella, su hermano Johnny, de casi tres años, y su madre se atravesaron tres países --algunas veces a pie, otras veces en camiones de carga-- durmiendo en sofocantes bodegas y plantaciones de bananas, hambrientos y sudados, durante el camino hacia la frontera.

Bessy quería ver a su padre. Su mamá quería ver a su esposo. La familia no lo había visto desde poco después del nacimiento de Johnny, cuando él se fue de El Salvador para buscar trabajo que no era fácil de encontrar en su país que entonces estaba en plena guerra.

La separación familiar era difícil para los padres que añoraban que la familia estuviera junta, pero a ellos les faltaba una vía legal para hacerlo.

En aquel entonces, era raro que niños cruzaran la frontera entre Estados Unidos y México. Pero el peligro de la travesía --ya sea si iban huyendo de la guerra, o de la persecución o de las dificultades económicas--, sigue siendo algo constante y se vio este verano con el ahogamiento a finales de junio de un padre salvadoreño y su hija de casi dos años en el Río Bravo cerca de McAllen, Texas. Si cierra los ojos --dijo Jovel-- se acuerda del momento en que ella y Johnny casi corrieron la misma suerte cuando su madre trató de cruzar el mismo río con ellos.

Después de ver la foto de Óscar Alberto Martínez Ramírez y su hija de 23 meses, Valeria, tendidos sin vida en la ribera del río, Jovel se comunicó con Catholic News Service el 30 de junio por WhatsApp. Su intención --dijo-- era que otros se dieran cuenta de los peligros de la travesía desde la perspectiva de un niño, pero también quería pedirles a las personas que critican a padres que han llevado a sus hijos en un viaje parecido, que sean "más humanos" con ellos y acepten que "no todos nacen con las mismas oportunidades".

Su experiencia comenzó el 4 de enero de 1990, una época en que muchos adultos --incluso muchos soldados-- estaban abandonando El Salvador, huyendo de la guerra. Jovel y Johnny eran los únicos niños en un grupo de inmigrantes que a menudo caminaban y otras veces viajaban en camiones "como ganado", a través de Guatemala y México, cargando agua cuando podían y un cambio de ropa.

El viaje para cada inmigrante es una experiencia única, dijo ella. Algunos dicen que es un viaje fácil de emprender y puede durar tan poco como cinco días, pero para su familia, fue difícil y tomó casi un mes, en el cual fueron algunas veces entregados a las autoridades, yendo de un lado a otro de la frontera al otro y quizás más despacio por la marcha de los pasos más lentos de los niños.

Algunos de sus tíos y una tía los acompañaron, alentándolos durante momentos difíciles para cualquier niño --para que siguieran avanzando cuando estaban cansados y hambrientos, para estar callados dentro la carga de los camiones cuando agentes de la patrulla fronteriza puyaban a los camiones de carga en que ellos viajaban en rumbo al norte e incluso para quitarles una colonia de garrapatas que apareció en su cuero cabelludo un día.

"Nunca imaginamos (el viaje) que nos iba a llevar a vivir momentos difíciles, situaciones muy adversas", dijo Jovel.

Ella no recuerda bien todas las fechas y lugares donde pasaron, pero hubo momentos que nunca olvidará y uno de esos ocurrió el 15 de enero de 1990.

"Tuvimos que dormir en guineales (plantaciones de bananas) y, en el fondo se podía escuchar animales", que según algunos de los viajeros dijeron que eran hienas o lobos --recordó.

Los "coyotes", el nombre que muchos latinoamericanos usan para referirse a los traficantes de personas, cubrieron al grupo con una pieza de plástico negro. Jovel y su hermano estaban descansando en el suelo cerca de su madre cuando Jovel recuerda que escuchó a su tía decirle suavemente a su madre: "Feliz cumpleaños".

"Y nosotros allí, viviendo ese momento tan impactante, tan difícil, sin saber si íbamos a amanecer, si los animales iban a acercarse a hacernos algo", contó.

Aunque ella no se acuerda bien el camino específico que recorrieron, sí se acuerda que pasaban de bodega a bodega, un lugar supuestamente seguro, sólo porque representaba que las autoridades probablemente no iban a encontrar al grupo allí. Pero la seguridad es relativa. Los espacios no tenían ventilación, ni comida ni agua, y los migrantes eran obligados a quedarse adentro, incluso si eso implicaba tener que hacer sus "necesidades" en un espacio limitado --dijo.

"Yo recuerdo que personas se quejaban mucho, pues mi hermano lloraba", dijo.

De vez en cuando, personas de los diferentes pueblos veían al grupo y algunos se acercaban para ofrecerles tortillas y agua y otros alimentos sencillos.

"Aparecían personas tan generosas, pues que Dios los bendiga", dijo Jovel. "Nunca supimos sus nombres ni por qué lo hacían".

Algunos de los gestos de generosidad los atribuye a las oraciones de su abuela, "una devota de los sagrados corazones de Jesús y María", contó. Ella era una mujer que constantemente oraba por su familia durante el viaje y nunca dejó de ir a Misa a pedir por la intercesión divina.

Durante parte de la travesía, dijo Jovel, ella recuerda haber visto una luz "que no dejó de acompañarnos".

"Ahora comprendo que eran las oraciones de mi abuela y de todas esas personas que se ponían a orar por nuestro viaje, para que todo nos fuera bien, y Dios no acompañara... y así fue".

A lo largo del camino, a ella y su hermano nunca les faltó la seguridad que encontraban en los brazos de su madre --dijo Jovel-- "siempre un lugar de refugio". Pero esa seguridad fue sacudida cuando su madre se enfermó justo antes de llegar a la frontera. Los traficantes los separaron de los otros familiares y su madre llegó a tener una fiebre muy alta. Preocupada que iba a perder la vida, le pidió a Jovel que si algo sucedía, que agarrara la mano de su hermano y continuara.

Pocos días después, no obstante, la madre alcanzó a llegar al Río Bravo, cerca de McAllen. Pero al cruzar, el agua comenzó a subir rápidamente hasta su cuello y no podía cargar con sus hijos. Algunos hombres, que Jovel cree que eran soldados que iban huyendo de la guerra, los agarraron y los llevaron en sus hombros. Reflexionando sobre lo que le pasó al padre salvadoreño y su hija, "hubiese podido ser uno de nosotros", dijo.

Incluso después de la peligrosa travesía, la familia acabó separándose. Jovel no pudo acostumbrarse a la vida en los Estados Unidos. Después de haber experimentado acoso escolar en la escuela, tres años después de ese viaje, suplicó a sus padres que la dejaran regresar a El Salvador para vivir con su abuela.

Desde entonces Jovel ha vivido en El Salvador, donde está su padre y una hermana que nació después de Johnny. Trabaja en una organización sin fines de lucro establecida por un sacerdote franciscano. Su padre está esperando ingresar a los Estados Unidos para reunirse con su esposa, quien vive en California. Johnny también vive en Estados Unidos y ahora es ciudadano.

Dependiendo de las leyes de inmigración de los Estados Unidos, tienen la esperanza de poder vivir en el mismo lugar algún día --dijo Jovel.

"Esperamos que no sea hasta que estemos en el cielo, sino un poco antes", dijo. "La idea es donde va uno, vamos todos".

© Arlington Catholic Herald 2019