“Virtudes que todo católico debe imitar”
Malaquίas 3, 1-4; Hebreos 2, 14-18; Lucas 2, 22-40
¡Feliz Fiesta de la Presentación del Señor! Para los que fueron valientes y dejaron sus decoraciones navideñas hasta esta fecha, ¡los felicito! Y para los que celebran esta fiesta comiendo deliciosos tamales, ¡buen provecho! Esta fiesta nos invita a contemplar la profunda obediencia y fidelidad de la Sagrada Familia, la paciencia de Simeón, la perseverancia de Ana y la humildad de Jesucristo, nuestro Señor. Estas son virtudes que todo católico debe imitar.
José y María, cumpliendo con la ley de Moisés, llevaron al niño Jesús al templo para presentarlo al Señor y ofrecer un sacrificio. Este acto es un testimonio de su humildad y obediencia a sus tradiciones religiosas, incluso cuando ellos sabían que su hijo era el Hijo de Dios. Nos muestran que la verdadera fe implica confianza y entrega a la voluntad divina. ¿Será que nosotros también cumplimos fielmente con las enseñanzas de la Iglesia Católica o nos ponemos a seleccionar y justificar cuales si queremos obedecer y cuáles no?
Por otro lado, Simeón, descrito como un hombre justo y temeroso de Dios, esperaba con paciencia el cumplimiento de las promesas del Señor. Su encuentro con Jesús en el templo, guiado por el Espíritu Santo, lo llevó a proclamar: “Mis ojos han visto a tu Salvador, luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”. Simeón nos enseña a vivir con esperanza activa, aguardando las promesas de Dios con fe. Muchos de nosotros hemos tenido encuentros íntimos y poderosos con Jesus, sin embargo, ¿cuántas veces no hemos dado testimonio de esa luz que alumbra a las naciones a través de nuestro comportamiento?
Ana, la profetisa, nos brinda un poderoso ejemplo de perseverancia en la oración y el servicio. Viuda desde joven, dedicó su vida a Dios mediante ayunos, oraciones y alabanza constante. Su reconocimiento del Salvador y su proclamación de esta buena noticia a quienes esperaban la redención de Israel subrayan la importancia de vivir una fe ferviente y compartirla con los demás. ¿Cuántas veces en nuestro caminar con el Señor hemos olvidado dejar tiempo para la oración, el ayuno y la alabanza a Dios? ¡No subestimemos el poder de la oración unida al ayuno!
Jesús mismo aceptó someterse a las leyes religiosas y naturales, aun siendo el mismo el Hijo de Dios, mostrando así que su misión era hacerse semejante a la humanidad, excepto en el pecado. Como dice el autor de la carta a los Hebreos, Jesús, al ser probado por el sufrimiento, ahora puede ayudar a los que están sometidos a la prueba. Esta verdad nos llena de esperanza: Jesús camina con nosotros en las alegrías y en las dificultades, fortaleciéndonos y recordándonos que Él comprende nuestras luchas.
Así como Jesús fue presentado en el templo, hoy también somos invitados a presentarnos ante Él como templos del Espíritu Santo (cf. 1 Corintios 6, 19), para que pueda transformarnos en instrumentos de su amor. Que esta fiesta nos inspire a vivir las virtudes de la obediencia, fidelidad, paciencia, perseverancia y humildad para poder proclamar con nuestras vidas que Cristo, el Salvador, es la luz que alumbra todas las naciones.



